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16. Cenicienta. LEOcuentos.es (José David Pérez)

16. Cenicienta

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Había una vez una joven muy bella que vivía con su madrastra y sus dos hermanastras. La obligaban a hacer todas las tareas de la casa: cocinar, limpiar y también lavarles la ropa.

Un día, cansadísima de trabajar, la joven se quedó dormida cerca de la chimenea de la casa y cuando se levantó tenía la cara tan sucia y manchada por las cenizas que sus hermanastras se rieron a carcajadas de ella y desde entonces empezaron a llamarle Cenicienta.

Un fría mañana llegó a la casa una invitación del rey a un baile para celebrar el cumpleaños del príncipe. Todas las jóvenes del reino estaban invitadas y Cenicienta estaba muy contenta por el hecho de poder ir al baile. Sin embargo, cuando llegó el día de la fiesta, su madrastra y hermanastras le dijeron:

—Cenicienta, tú no vas a ir, te vas a quedar limpiando en casa y preparando la cena para cuando nosotras regresemos del baile.

Las tres salieron hacia el palacio mientras se burlaban de Cenicienta.

La joven corrió al jardín y se sentó en un banco a llorar. Deseaba con todo su corazón ir al baile. Y en ese momento, apareció una hada madrina y le dijo:

—No llores, Cenicienta. Eres muy buena así que mereces ir al baile del palacio. 

El hada madrina movió su varita mágica y transformó una calabaza en un majestuoso coche; convirtió a tres ratones, en hermosos caballos; y a un perro viejo, en un cochero. Cenicienta no podía creer lo que veía.

— ¡Muchísimas gracias! —dijo Cenicienta.

—No he acabado aún —respondió el hada madrina sonriendo.

De repente, movió de nuevo su varita mágica y transformó a Cenicienta. Le dio un bonito vestido y unos delicados zapatos de cristal, y le dijo: 

—Ahora puedes ir al baile, pero recuerda que debes regresar antes de la medianoche. A esa hora se acabará la magia.

Cenicienta le agradeció de nuevo al hada madrina lo que había hecho por ella y muy, muy feliz, se dirigió al palacio. Cuando entró, nadie sabía quién podría ser esa hermosa princesa. 

El príncipe estaba tan intrigado que la invitó a bailar. Y tras bailar con ella durante toda la noche, el príncipe descubrió que Cenicienta no solo era la mujer más hermosa del reino sino también la más amable y sincera que él jamás había conocido.

De repente, se escucharon las campanadas del reloj. ¡Era medianoche! Cenicienta se estaba divirtiendo tanto que casi olvidaba las palabras del hada madrina.

—¡Oh, no! Tengo que irme —le dijo al príncipe mientras corría hacia la puerta del palacio para volver a casa. Cenicienta salió tan rápido que perdió uno de sus zapatos de cristal en las escaleras. 

Decidido a encontrar a Cenicienta, el príncipe cogió el zapato y visitó todas las casas del reino, una por una. 

El príncipe llegó al fin a la casa de Cenicienta, y sus dos hermanastras y por supuesto también la madrastra intentaron probarse el zapato de cristal. Pero no, no hubo suerte. Y justo cuando estaba a punto de marcharse escuchó una voz:

—¿Puedo probarme el zapato? —dijo Cenicienta.

La joven se probó la zapatilla y le encajaba perfectamente. El príncipe sabía que ella era la hermosa joven que estaba buscando. Y fue así como Cenicienta y el príncipe se casaron, comieron perdices y vivieron felices para siempre.


Y colorín colorado, este cuento se ha podcastizado.

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