21. La liebre y la tortuga

En un camino de tierra, cerca de un prado verde, vivían muchos animales. Entre ellos estaban Tito, la tortuga, y Lila, la liebre.
Lila corría muy rápido. Todos los días hacía carreras sola por el campo.
- ¡Zas, zas, zas! ¡Mira cómo corro! – decía mientras saltaba.
Tito caminaba despacito. Muy, muy despacio.
- Paso a pasito. Sin prisa, pero sin parar – murmuraba contento.
Un día, Lila se rió al verlo llegar tan lento.
- ¡Ay, Tito! – dijo la liebre riendo-. Eres la tortuga más lenta del mundo.
Tito la miró tranquilo.
- Sí, soy lento – respondió-. Pero siempre llego donde quiero.
Los demás animales se quedaron escuchando. El cuervo, el ratoncito, la ardilla, todos miraban.
Lila dio un salto muy alto.
- Soy tan rápida que podría ganarte en una carrera con los ojos cerrados – presumió.
Entonces Tito respiró hondo y sonrió.
- Si quieres, hacemos una carrera – dijo con voz suave-. Desde este árbol grande hasta la roca del final del camino.
Los animales se emocionaron.
- ¡Carrera, carrera! – gritaban.
El viejo búho, que era muy sabio, se ofreció para ser el juez.
- Yo daré la señal de salida – dijo el búho.
Todos se colocaron. Lila estiró sus patas listas para correr. Tito apoyó bien sus patitas en la tierra.
El búho levantó un ala.
- A la una, a las dos… ¡a las tres! – anunció.
Lila salió disparada.
- ¡Fiuuuuu! – corrió tan rápido que en un momento casi no se la veía.
Tito dio su primer paso. Luego otro. Y otro.
- Paso a pasito. Sin prisa, pero sin parar – repetía.
Lila, que ya estaba muy adelante, se dio la vuelta y vio a Tito muy lejos.
- Ja, esto es demasiado fácil – dijo la liebre.
Miró una sombrita bajo un árbol.
- Creo que me da tiempo a echar una siestecita – pensó.
Se tumbó en la hierba suave.
- Solo cinco minutitos – murmuró.
Y cerró los ojos.
Mientras tanto, Tito seguía avanzando. Sus pasos eran cortos, pero no se detenía.
- Uno, dos. Uno, dos – se animaba a sí mismo.
Pasó junto al ratoncito, que le dijo:
- ¡Vamos, Tito, tú puedes!
Pasó junto a la ardilla, que lo animó también.
- Despacito, pero seguro – le sonrió.
Tito sonreía, un poco cansado, pero tranquilo. Siguió caminando y caminando hasta que llegó al árbol donde dormía Lila.
La liebre roncaba suavemente.
- Zzz… zzz… – se escuchaba.
Tito la miró, pero no dijo nada. Solo siguió su camino, paso a paso, hacia la gran roca del final.
El sol seguía su viaje por el cielo. Los animales se acercaron a la meta para ver quién llegaba primero.
Por fin, Tito tocó la roca con su patita.
- He llegado – dijo con un suspiro de alegría.
El búho abrió mucho los ojos.
- ¡Tito ha ganado la carrera! – anunció.
Los animales aplaudieron y dieron saltitos de emoción.
En ese momento, Lila se despertó.
- ¡Ay! Me quedé dormida – dijo asustada.
Miró hacia la meta y vio a Tito rodeado de amigos.
- No puede ser… – susurró.
Corrió muy rápido hasta la roca.
- ¡Pero si yo soy la más rápida! – protestó.
El búho movió la cabeza con calma.
- Eres muy rápida, Lila – dijo-, pero hoy Tito ganó porque no se detuvo.
Tito se acercó a la liebre.
- No importa quién es más rápido – dijo con una sonrisa-. Lo importante es seguir adelante.
Lila bajó las orejas un poco avergonzada.
- Lo siento, Tito. Me burlé de ti y me confié demasiado.
Tito inclinó la cabeza.
- Podemos ser amigos – propuso-. Tú puedes enseñarme a estirar las patas, y yo puedo enseñarte a ir más tranquila.
Lila sonrió al fin.
- Me gusta esa idea – respondió.
Desde aquel día, la liebre y la tortuga a veces corrían juntos y a veces caminaban despacio, mirando el cielo, las nubes y las hojitas que caían.
Por la noche, cuando ya no se oía casi nada en el prado, Tito se acurrucaba en su caparazón y susurraba:
- Paso a pasito. Sin prisa, pero sin parar.
Y el viento suave parecía cantarle una canción tranquila, para que todos los animalitos del campo se fueran quedando dormidos poquito a poco.
Y colorín colorado, este cuento se ha podcastizado.
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