22. El lobo y los siete cabritillos

En una casita junto al bosque vivía una mamá cabra con sus siete cabritillos. Eran blanquitos, suaves y muy curiosos.
A mamá cabra le encantaba cantar mientras barría y cocinaba.
- Mis siete cabritillos, mis amores pequeñitos – tarareaba.
Una mañana, el sol brillaba alto en el cielo y los pajaritos cantaban.
- Pío, pío, pío – se escuchaba entre las ramas.
Mamá cabra preparó pan tierno y una sopita caliente. Luego llamó a sus hijos.
- Venid, cabritillos, venid un momento – dijo con voz dulce.
Los siete se acercaron saltando.
- ¿Sí, mamá? ¿Qué pasa? – preguntaron, todos al mismo tiempo.
Mamá cabra los miró muy seria, pero con cariño.
- Tengo que ir al mercado a buscar harina y verduras – explicó-. Pero vosotros no podéis venir, sois todavía muy pequeños.
Los cabritillos pusieron cara de un poco de pena.
- ¿Y si nos aburrimos? – preguntó el más pequeñito.
Ella les acarició la cabeza.
- Jugaréis, cantaréis y os esperaréis juntos. Pero hay algo muy importante.
Se puso aún más seria.
- En el bosque vive un lobo. Es muy listo y muy hambriento. Intentará engañaros para entrar en la casa. No le abráis la puerta.
Los cabritillos se miraron nerviosos.
- ¿Y cómo sabremos que es el lobo? – dijo la cabritilla mayor.
Mamá cabra respondió con calma.
- El lobo tiene la voz ronca y las patas negras y grandes. Si alguien llama con voz áspera, no abráis. Y no abráis tampoco si veis una pata oscura por debajo de la puerta.
Luego los abrazó uno por uno.
- Solo me abriréis a mí, vuestra mamá – dijo suave.
Cerró la puerta con llave y se fue camino al pueblo.
Los cabritillos empezaron a jugar.
- Yo soy el caballito veloz – decía uno.
- Y yo la cabrita saltarina – decía otra.
De pronto, alguien llamó a la puerta.
- Toc, toc, toc.
Una voz grave dijo:
- Abrid, hijitos. Soy vuestra mamá. Os traigo un regalito del mercado.
Los cabritillos se quedaron quietos.
- Esa voz no suena a mamá – susurró uno.
- Es muy ronca – añadió otro.
La cabritilla mayor se acercó sin abrir.
- Si eres nuestra mamá, enséñanos tu patita por debajo de la puerta – pidió.
Entonces vieron una gran pata negra, con uñas largas.
- ¡No eres nuestra mamá! ¡Eres el lobo! – gritaron todos.
El lobo resopló enfadado.
- Grrr… ya os pillaré – murmuró, y se alejó entre los árboles.
El lobo era muy terco. Se fue al molino y llenó sus patas de harina hasta que quedaron blancas. Luego buscó miel para suavizar un poco su voz. Ensayó varias veces.
- Aaaa, oooo, iiiii – hacía, intentando que sonara más dulce.
Volvió a la casita y llamó otra vez.
- Toc, toc, toc.
Ahora su voz sonaba más suave.
- Abrid, hijitos. Soy vuestra mamá. He vuelto del mercado. Os traigo pan tierno y hojas fresquitas.
Los cabritillos dudaron.
- Parece mamá… – dijo uno.
- Pero hay que mirar la patita – recordó el pequeño.
La cabritilla mayor habló de nuevo.
- Enséñanos tu patita por debajo de la puerta.
El lobo metió su pata, ahora toda blanca de harina. Los cabritillos se acercaron mucho, mucho. Olieron un poquito.
- Huele raro… No huele a mamá – dijo el mediano.
Entonces, el más pequeñito se fijó bien.
- ¡Mirad! ¡Tiene uñas largas y afiladas! Mamá las tiene cortitas.
Se apartaron de un salto.
- ¡No abriremos! ¡Vete, lobo! – gritaron todos a coro.
El lobo se enfureció.
- ¡Grrr! ¡Qué cabritillos tan listos! – rugió. Dió unos golpes a la puerta.
- ¡Pum, pum, pum!
Pero la puerta era fuerte y estaba bien cerrada. Cansado y derrotado, el lobo se fue alejando cada vez más, hasta perderse en el bosque.
Dentro de la casa, los cabritillos se abrazaron.
- Qué miedo he pasado – dijo uno.
- Pero hemos sido valientes y cuidadosos – respondió la mayor.
Al rato, se oyó otra vez.
- Toc, toc, toc.
Esta vez, una voz conocida y dulce cantó:
- Mis siete cabritillos, mis amores pequeñitos.
Los siete sonrieron.
- ¡Es mamá, ahora sí! – dijeron.
Aun así, la mayor preguntó tranquila:
- Mamá, enséñanos tu patita.
Mamá cabra rió bajito.
- Claro que sí, pequeños.
Y asomó su patita blanca y suave, con las uñas cortitas y cuidadas. También se escuchó su olor conocido a campo y a hierba.
Los cabritillos corrieron a abrir.
- ¡Mamá, mamá! – gritaban.
La abrazaron todos juntos, haciendo un gran montón blandito de lana.
- Hemos hecho lo que dijiste. No abrimos al lobo – explicó la mayor.
Mamá cabra los miró orgullosa.
- Estoy muy feliz. Habéis sido valientes y muy prudentes. Cuando no estemos seguros, es mejor no abrir.
Puso la compra sobre la mesa: pan tierno, unas hojas verdes, un poco de queso.
- Ahora a merendar tranquilos. El lobo ya se ha ido muy lejos.
Comieron despacio, charlando bajito, mientras afuera el sol empezaba a esconderse y el cielo se ponía naranja.
Luego mamá cabra preparó las camitas.
- Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… y siete cabritillos – contó sonriendo.
Los tapó con una manta suave.
- Cerrad los ojitos, mis pequeños. Aquí dentro estáis seguros.
Los cabritillos se fueron quedando callados.
- Buenas noches, mamá… – susurró uno.
- Te queremos… – dijo otro con voz de sueño.
Afuera solo se oía el viento muy suave entre las hojas.
- Shhhh… shhhh… – parecía un arrullo.
Y en la casita del bosque todo quedó en silencio, lleno de calor, de ternura y de sueño tranquilo.
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