23. La ratita presumida

23. La ratita presumida
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23. La ratita presumida
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Había una vez una ratita muy bonita que vivía en una casita en medio del bosque. Se llamaba Rosita y era la ratita más presumida del lugar.

Todas las mañanas se levantaba, se miraba en el espejo y se peinaba los bigotes.

  • ¡Qué guapa soy! – decía-. ¡Soy la ratita más bonita del mundo!

Un día, mientras barría la puerta de su casa, encontró una moneda brillante en el suelo.

  • ¡Una moneda! ¿Qué podré comprarme? – pensó la ratita.

Se quedó pensando un ratito y, de pronto, sonrió.

  • ¡Ya sé! Me compraré un lazo rojo para ponérmelo en la cola.

Fue al mercado y compró un lazo de color rojo precioso. Cuando volvió a casa, se lo puso en la colita y salió a sentarse en el balcón.

  • ¡Qué guapa estoy con mi lazo rojo! – suspiró.

Al poco rato pasó por allí un gallo de plumas brillantes.

  • ¡Qué ratita tan bonita! – dijo el gallo-. ¿Quieres casarte conmigo?
  • Primero dime una cosa – contestó la ratita-. Si nos casamos y por la noche me despierto asustada, ¿qué harás tú?
  • ¡Muy fácil! – dijo el gallo-. ¡Quiquiriquí, quiquiriquí!
  • ¡Ay, no, no, no! – se asustó la ratita-. ¡Haces mucho ruido! ¡No me casaré contigo!

Y el gallo se marchó muy triste.

Al día siguiente, la ratita volvió a sentarse en el balcón con su lazo rojo. Entonces pasó un perro de orejas largas.

  • ¡Qué ratita tan bonita! – dijo el perro-. ¿Quieres casarte conmigo?
  • Primero dime una cosa – contestó la ratita-. Si nos casamos y por la noche me despierto asustada, ¿qué harás tú?
  • ¡Muy fácil! – dijo el perro-. ¡Guau, guau, guau!
  • ¡Ay, no, no, no! – se asustó la ratita-. ¡Ladras demasiado fuerte! ¡No me casaré contigo!

Y el perro se marchó muy triste.

Otro día pasó por allí un pato de pico amarillo.

  • ¡Qué ratita tan bonita! – dijo el pato-. ¿Quieres casarte conmigo?
  • Primero dime una cosa – contestó la ratita-. Si nos casamos y por la noche me despierto asustada, ¿qué harás tú?
  • ¡Muy fácil! – dijo el pato-. ¡Cuac, cuac, cuac!
  • ¡Ay, no, no, no! – se asustó la ratita-. ¡Haces un ruido muy raro! ¡No me casaré contigo!

Y el pato se marchó muy triste.

Pasaron los días, y la ratita seguía diciendo que no a todos los que llegaban. Pasó el cerdito: «¡Oinc, oinc!». Pasó la vaca: «¡Muuu, muuu!». Pasó la oveja: «¡Beee, beee!». Y a todos les decía lo mismo:

  • ¡Ay, no, no, no! ¡Hacéis demasiado ruido!

Una tarde, por el camino, apareció un gatito de pelo suave y ojos verdes. Caminaba despacito y sin hacer ruido, y llevaba un sombrero muy elegante.

  • Buenas tardes, ratita – dijo con voz dulce-. ¡Qué lazo tan bonito llevas! ¡Y qué guapa estás! ¿Quieres casarte conmigo?

La ratita se puso colorada de la alegría.

  • Primero dime una cosa – contestó-. Si nos casamos y por la noche me despierto asustada, ¿qué harás tú?
  • Muy fácil – dijo el gatito con voz suave-. Miau, miau.
  • ¡Ay, qué voz tan dulce! – suspiró la ratita-. ¡Me encanta! ¡Sí, sí, sí, me casaré contigo!

Y se fueron los dos a la casita del bosque.

Esa noche, el gatito le dijo:

  • Ratita, ¿me preparas la cena? Tengo mucha hambre.
  • ¡Claro que sí! – dijo ella-. Ahora mismo te la preparo.

La ratita se fue a la cocina. Pero cuando estaba sacando los platos, notó que el gatito la miraba de una forma muy rara. Se relamía los bigotes y le brillaban mucho los ojos.

  • ¡Ay! – pensó la ratita-. Este gato me quiere comer a mí.

Entonces se acordó de todos los que le habían pedido casarse, y de lo mal que los había tratado por culpa de su presunción.

  • ¡Qué tonta he sido! – se lamentó-. Ahora ya no tengo remedio.

Pero la ratita era muy lista, y se le ocurrió una idea.

  • Gatito – dijo desde la cocina-, voy a buscar la sal para la cena. Espera un momentito.

Salió por la puerta de atrás y corrió, corrió y corrió por el bosque. Por el camino se encontró con el gallo, con el perro y con el pato, que estaban charlando juntos.

  • ¡Ayuda, ayuda! – gritó la ratita-. ¡El gato me quiere comer!
  • ¡No te preocupes! – dijeron todos a la vez.

El gallo gritó: «¡Quiquiriquí!». El perro ladró: «¡Guau, guau!». El pato graznó: «¡Cuac, cuac!». ¡Hicieron tanto ruido que el gato se asustó muchísimo! Salió corriendo y se perdió en el bosque, y nunca más volvió.

La ratita abrazó a sus nuevos amigos y les dijo, con los ojos llenos de lágrimas:

  • Perdonadme, amigos. He sido una ratita presumida y no he sabido ver lo buenos que sois. ¡Vuestro ruido me ha salvado la vida!
  • No pasa nada, ratita – dijeron ellos-. ¡Para eso están los amigos!

Desde aquel día, la ratita dejó de presumir. Se quitó el lazo rojo del espejo y aprendió que lo más importante no es ser guapa, sino ser buena y tener buenos amigos. Y todos vivieron muy felices en el bosque.

Y colorín colorado, este cuento se ha podcastizado.

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